En el ámbito de la Prevención de Riesgos Laborales (PRL), elegir el calzado adecuado no es sólo una cuestión de comodidad. Es una cuestión de seguridad, salud y cumplimiento normativo.
Dos términos que suelen confundirse —pero que no significan lo mismo— son impermeable e hidrófugo. La diferencia puede parecer sutil, pero en determinados puestos de trabajo es clave.
Elegir mal no sólo incomoda.
Puede comprometer la protección del trabajador.
· Calzado hidrófugo: protección frente a humedad puntual
El calzado hidrófugo está tratado para repeler la humedad superficial, retrasando la absorción del agua. ¿Qué implica esto en el trabajo?
- – Repele salpicaduras y humedad ligera.
- – Adecuado para entornos donde el contacto con el agua es ocasional, no continuo.
- – Mantiene mejor la transpirabilidad que un calzado totalmente impermeable.
¿Cuándo es la opción correcta?
- Trabajos con humedad moderada.
- Zonas donde puede haber salpicaduras puntuales.
- Jornadas con climatología variable.
Ejemplo de calzado hidrófugo
Bota ALASKA (hidrófuga)
Una opción ideal para quienes necesitan protección frente a la humedad sin renunciar al confort y la transpirabilidad en el día a día.
· Calzado impermeable: aislamiento total frente al agua
El calzado impermeable está diseñado para bloquear completamente la entrada de agua, incluso en exposiciones prolongadas.
¿Qué lo diferencia del hidrófugo?
- No permite la penetración del agua.
- Mantiene el pie seco incluso en condiciones extremas.
- Está pensado para entornos donde el agua es un riesgo constante.
¿Cuándo es imprescindible?
- Lluvia intensa y continuada.
- Barro, suelos encharcados o limpieza industrial.
- Actividades donde el pie está en contacto directo con líquidos durante gran parte de la jornada.
Ejemplo de calzado impermeable
Bota SAVANNAH (impermeable)
Diseñada para ofrecer aislamiento total, resistencia y seguridad en los entornos de trabajo más exigentes frente al agua.


